17.12.08

Y es por eso que hoy vengo a verte

A ver…

Pues bien, el viernes estaba yo acabando mi jornada laboral, sacando teoremas mentales sobre mi futuro inmediato, bastante hastiado la verdad, planificando mis próximos meses de vida (esta es otra historia, de la que sin duda os hablaré próximamente), cuando apareció virtualmente en mi oficina nuestro querido amigo, y padre, y esposo, Jose. El Jose.

De buenas a primeras me suelta que si nos vamos a ver el Sevilla – Barça. Primer pensamiento: ¿a su casa o al estadio? Al estadio, me dice. Bien, suena diferente, algo nuevo que hacer (algo nuevo que hacer, ¿no es una de las más bellas frases que puede uno pronunciar, escuchar, pensar?). Bien, como casi siempre el subidón duró apenas unas centésimas de segundo, en cualquier caso, algo era. De manera inmediata, a mil por hora, como siempre, mi mente se puso a pensar y a sacar teoremas a la velocidad de la luz. ¿Quiero ir? Me da un poco igual. ¿Un plan alternativo diferente? Mmm, creo que no…, a ver… no.

Cierto es que en los últimos años mi pasión por el fútbol a disminuido de forma exponencial, simple y llanamente, probablemente, porque uno va adquiriendo pasión por otras cosas, y la pasión amigos, no sé por qué pero es así, es finita. En fin, viá dejá denrollarme y vamoh al-lío primo. Que sí, vaya, que me voy al fútbol. Más que nada por estar con el Jose que hacía un huevo que no estaba con él, y además de paso a lo mejor puedo ver al Pedro y, si por alguna misteriosa razón se alinean los planetas en mi favor, incluso puede que el Juanlu se venga pa Sevilla y después del partido nos podamos ir de farra por Sevilla (algo casi nuevo que hacer). Bueno, 2 de 3, no está mal.

Llega el sábado y tiro pa Sevilla como a las dos y pico, sin comer aunque con hambre aunque sin ganas de comer. Nada nuevo, ya me conozco. He quedado con el Pedro sobre la cuatro y algo, así que como llego pronto decido que será buena idea comer algo, y me meto en la tasca más auténtica que veo en la calle en la que, tras vueltas y vueltas y vueltas en coche, he encontrado aparcamiento (¡y no era zona azul!). A ver, pescaíto frito…, no, mmm....., seamos serios, sin ganas de comer pero con hambre sólo puede uno meterse entre pecho y espalda algo verdaderamente apetecible.

- Hola

- Hola, buenas tardes, ¿qué desea?

- Mmm, quiero presa. Agua para beber por favor.

- Ahora mismo mi arma.

El sitio es típicamente andaluz, muy sevillano. Cuadros de toros, vírgenes, ceniceros de barro, una pequeña tele dando el telediario de antena 3, un escudo del Sevilla FC en la pared, algunos platos de cerámica colgados al modo de cuadros, en fin, se pueden imaginar. El sitio estaba bastante vacío – era algo tarde ya, la verdad – tan sólo una familia comía raciones a mi lado. Conocían al camarero, por lo que se ve.

Bueno, me zampo el filete de presa con patatas fritas - ¿alguien puede decirme por qué cojones las dejan siempre a medio hacer? – y llamo al Pedro por teléfono.

- Ey Pedro

- Qué pasa mariquita (el Pedro siempre me saluda igual)

- Bueno, pues ya estoy por aquí, ¿ánde queamos?

- ¿Dónde estás? – buena pregunta.

- Estoy en un bar en la calle Salados, paralela a la avenida República Argentina – pensamiento recurrente: odio a muerte a los argentinos y a los italianos (vale, a todos no, cierto) – muy cerca de la Plaza de Cuba, al lado del río.

Bla, bla, bla. Bien, quedamos y aparece el puto Pedro con su señora esposa. El cabrón tiene una barba de tres semanas que no le queda del todo mal. Un abrazo, un par de besos a la muchacha, qué tal, qué tal, bien, bien, del wii, del mai. Y va y me suelta:

- Voy a ser padre, me enteré hace una semana.

- (un segundo de silencio, entiéndanme, me alegró muchísimo, no por el hecho en sí en realidad, si no, claro está, porque se veía que Pedro estaba contento por ello, y eso es lo único importante)

Bueno, pues enhorabuena, más besos más abrazos. En fin. Yo con este tío me fumaba canutos en COU en la cuesta de Pablo Rada hace cuatro días joder. Y ahora está casado y va a ser padre.

Pues nada, nos fuimos a tomar un café, estuvimos hablando de la vida y tal y cual. Estarán de acuerdo que son cojonudos esos momentos que se pasan, sin hacer nada especial, con alguna de esas poquísimas personas que realmente nos importan en esta vida. Así pasó la tarde y yo y mis teoremas de futuro se calmaron un poco y todo recobró algo de sentido por unas horas.

Llegan las siete y pico y como había quedado con el Jose a las ocho decido que es buena hora para irse. Ni por un momento se me ocurre coger el coche – no tengo ni puta idea de ir al estadio y además seguro que luego es imposible aparcar, y menos en un sitio que no fuera de pago. Así que, como en mis mejores tiempos de Nueva York, me cogí un taxi con la tranquilidad que le da a uno saber que puede pagarlo y que además no lleva prenda alguna encima pueda revelar su identidad barcelonista. El taxista era majete, no parecía tonto del todo, y pude sin sufrir tener una fatua conversación sobre fútbol, mientras escuchábamos por la radio los pocos resultados que el sábado había dado ya. En un momento en que pensé que podría preguntarme algo sobre el partido y que podría salir el tema de mi alma culé, tuve que mentirle. A medias, pero mentirle al fin y al cabo. Le dije que era del Recre, y que vivía en Jerez y me gustaba que ganara y tal y cual. Él amablemente, aunque no sé si muy sinceramente, se sacó un teorema de la manga sobre que le gustaría mucho que el Jerez ascendiera, y así, si el Recre acababa la temporada en primera, tendríamos otro equipo andaluz en primera – lo mismo va a ser verdad que somos una realidad nacional, pensé yo – y eso estaría muy bien.

He quedado nada más y nada menos que debajo del escudo – no sé muy bien qué significa esto, pero algo me decía que no tendría problema en llegar a un sitio con un nombre tan evocador.

Allí está el Jose. Nos damos un abrazo. Se le nota que se alegra de que por fin haya llegado. No se siente muy cómodo en lugares con tanta gente. Hace muchos años también me pasaba a mí, así que le entiendo perfectamente. El Jose lleva una vida ahora donde los ángulos, los espacios vitales, las aristas que marcan los límites están bastante claros. Y ése es ahora su terreno de juego. Hay que amoldarse a veces a lo que hay, nos pasa a todos. Una hipoteca, letra del coche, mujer y dos niñas no dejan mucho hueco para preguntarse si el próximo fin de semana debería dedicarlo a leer un poco de poesía o si en cambio es un buen momento para coger el coche y pasar una tarde tranquila paseando por la playa. No, el sábado por la mañana le toca currar hasta medio día, luego irá a comer a casa con su familia, y dedicará la tarde a dormir un poco. El domingo paseo por el parque y la plazoleta del Molino de la Vega, visita a sus padres, y, quizá, al final del día, un poquito de música a la vez que escucha el fútbol.

Lo primero es lo primero, hay que recoger las entradas. El ambiente al lado del estadio es, cuanto menos, curioso. Está todo abarrotado. El Sánchez Pizjuán es relativamente pequeño, tiene capacidad para aproximadamente 44.000 personas – esta información nos la dio amablemente el primo del Jose, que también iba a ver el fútbol, un tío majo y del Sevilla, tan del Sevilla que era socio y veía todos los partidos allí en donde se ponen los biris (¿se dice así no?) – y como el equipo tiene más o menos 40.000 socios, pues en estos partidos siempre está lleno. También hay que decir que por esta misma sencilla razón aritmética nos tocó comprar lo que quedaba. Tribuna. 140 euros por barba. Con dos cojones.

Cuando encontramos la taquilla varios ministros nos asaltan, unos preguntando si tenemos entrada, otros intentando vendernos. Ocurre todo muy rápido, y no presto demasiada atención, aunque he de reconocer que resulta divertido. En esos momentos se alegra uno de haber mejorado bastante con los años su innata timidez, así que aproveché para hacer ciertos cálculos sencillos sobre cuánto podría sacarle a dos entradas de tribuna de más de 20.000 pelas. Decido con el Jose que por 600 euros pasamos tres kilos del partido. Hago algunas preguntas. No hay suerte. No importa, voy a ver al Barça de Messi, Xavi y Puyol en directo.

Las entradas son nuestras. Veo la expresión de alegría en la cara del Jose. Él realmente está disfrutando con esto. Lo disfruta de verdad, con pasión, desde dentro. Me encanta ver a la gente que quiero contenta, así que sonrío y nos vamos a tomar una cerveza. Entramos en un bar anodino, nada que resaltar. Tienen Cruzcampo y máquina de tabaco. Yo tengo buena compañía. Evidentemente no hace falta nada más para ser feliz durante un rato. Le suelto al Jose los mismos rollos que por la tarde le había soltado al Pedro y hablamos un poco sobre la vida. Sus preocupaciones y las mías distan años luz, pero a pesar de todo estamos en un plano de comprensión común, y es agradable poder contarle a alguien sinceramente las cosas que casi todo el tiempo no son más que pensamientos dentro de uno mismo. La transformación de los pensamientos en palabras es una de las cosas que más me alegro de haber aprendido. Tarde y a fuerza de ostias, sí, pero más vale tarde que nunca.

Totá, que nos vamos pal estadio. El nerviosismo se hace cada vez más evidente en los gestos y en las palabras del Jose. Realmente lo está viviendo, lo está disfrutando. Una envidia – no sé si muy sana – me corre por dentro. No quiere quedarse más tiempo fuera, no quiere perderse ni el calentamiento. Le entiendo perfectamente y nos vamos para dentro. La entrada era como la de una estación de metro, solo que la barra metálica se movía cuando un lector leía (perdónenme la redundancia, no sé cómo decirlo mejor) el código de barras de la entrada. Una vez traspasada la primera frontera, mi más que aceptada incapacidad de orientación me hacen preguntar inmediatamente y sin dar ni un paso más a la piba de la puerta que por dónde se iba para la tribuna. La hija de la gran puta me sacó una sonrisa. No se lo ocurrió otra cosa que decirme, con cierto tono irónico no demasiado conseguido:

- (leve sonrisa en su rostro)…si os dejan pasar…

En un primer momento, como básicamente me estaba fijando en sus tetas, no presté atención a la frase, aunque mi cerebro sí recogió la información. Je je je, está claro que siempre nos mirarán como un segurata cualquiera del Cochabamba. En fin, se jode usía, voy con los pantalones rotos, unas bambas y una especie de chilaba de 20 euros made in Indonesia que compré en Granada en una tienda de un marroquí porque era enero y me estaba muriendo de frío, pero voy a la tribuna porque me sale de los cojones y porque puedo pagarlo.

Corolario: Muerte a la Alameda, viva el Alfred.

El estadio está repleto. Es realmente bonito, no se puede negar. Más de 40.000 personas juntas y contentas en un edificio elíptico, banderas, buena iluminación. Puro espectáculo. El deporte es arte por muchas razones, no sólo por los regates de Messi (de esto hablaré más adelante). La tensión aumenta en el Jose, está como un niño con zapatos nuevos. Es digno de admirar. Envidiable. Yo soy consciente de la belleza del momento, aunque como en tantas otras ocasiones mi estado de ánimo no es el requerido para disfrutar de lo que me rodea. Poco a poco tronco, pienso, pequeños pasos, pequeñas metas. No te agobies. Intenta disfrutar de cada cosa. Hoy es esto, mañana dios dirá, no importa nada, simplemente porque hoy es hoy y no es mañana.

El Jose, buscando cierta paz, decide que es importantísimo antes que nada ver dónde están los asientos. Yo, en mi pueril inconsciencia, y viendo que la tribuna está llena de sitios vacíos, le digo que da igual, que nos pillemos un par de asientos centrados, que seguro que al final sobran (con estos precios, joder, es razonable el planteamiento). A los pocos minutos fui consciente de mi error, se llena todo. El Jose tiene razón. Su razonamiento fue correcto: Hernán, no quiero sentarme en un sitio y luego pasar la vergüenza de que venga un pavo y nos tengamos que levantar y tener que andar entre la gente buscando nuestro sitio con todo lleno. Dios sabe que le entendí, le entendí tan profundamente (y lo digo con todas las letras, aunque les pueda parecer que todo esto carece de relevancia) que por un momento sentí una nítida felicidad por saberme un tío que es capaz de entender los sentimientos de otra persona. Esto es un don. También me he dado cuenta de esto hace bien poco, pero como dije antes, más vale tarde que nunca.

Empieza el partido. Nos reímos un poco mientras pactamos cómo vamos a celebrar los goles. Bueno, en realidad el primer teorema fue si íbamos a celebrar los goles. No llegamos a ningún acuerdo certero, el balón está rodando y Xavi lleva la pelota, parece que sus pies y el balón estuvieran imantados, izquierda, derecha, se gira. Es puro arte. Ahora el planeta puede girar todo lo que quiera, una galaxía lejana puede estar chocando con otra y generando un agujero negro del carajo la vela, un huracán puede estar girando sobre el Caribe a cientos de kilómetros por hora, un grupo de tiburones martillo puede estar vagando placenteramente por las cristalinas aguas del mar Índico formando un baile mágico y sobrecogedor. Todo carece de importancia. Absolutamente todo se reduce a Xavi, sus pies y el balón.

No quiero ser empalagoso. Seguramente todos visteis el partido, o al menos los resúmenes, los goles. Tuvimos la suerte de estar justo en el lado del ataque del Barça durante el segundo tiempo. Henry no tuvo un buen día. Eto'o falló un gol hecho, seguramente el balón le botó un poco justo antes de dar el toque definitivo hacía la red. Pero, con 0-1 ya en el marcador (cabe remarcar la sonrisa que me sacó el Jose cuando marcó Etoo el 0-1, los dos celebramos de manera bastante escueta el gol, con la salvedad de que él se levantó del asiento y yo hice sólo un gesto con el puño apretado mientras apenas salía un “gol” liviano y apenas audible de mis labios, los comentarios sobre mi traición, como digo, me sacaron un par de sinceras sonrisas), y el Sevilla acercándose peligrosamente al final de la primera parte, con un par de ocasiones claras y un tiro al larguero que era literalmente gol, apareció Él. El Mesías, como dicen algunos. Él, Lionel. Él, lo más grande que se ha visto desde nuestro amigo (hay gente a la que se le perdona todo) Maradona. Él, Messi. Sobran las palabras. También, todo sea dicho, me faltan las palabras. Necesitaría la profundidad de Lorca, la brillantez de Cortázar, la absoluta genialidad de Borges, el entusiasmo de Miller..., para poder describir aquel espectáculo. Arte. Arte. Más que arte. Las palabras se quedan cortas, hay que estar allí. Verlo, sentirlo, escucharlo.

Casi al acabar el partido pudimos comprobar que el pavo que estaba a nuestro lado era del Barça también. Probablemente él, consigo mismo eso sí, había tenido la misma conversación que el Jose y yo sobré qué hacer cuando marcara el Barça, sólo que él había decidido ser aún más comedido que nosotros. Cabe decirles que aquello era una muchedumbre de sevillistas importante. Todo el estadio estaba rojo. Los biris no paraban de cantar, lo hicieron hasta el último momento. Durante el himno, al tío de sonido le entró la vena DJ, y en las partes más sentidas del estribillo, bajaba el volumen a cero para que se oyera a los espectadores cantando a pleno pulmón:

Y es por eso que hoy vengo a verte
sevillista seré hasta la muerte
La giralda presume orgullosa
De ver al Sevilla en el Sánchez Pizjuan

Mi Sevilla Sevilla Sevilla
Aquí estamos contigo Sevilla
Compartiendo la gloria en tu escudo
Orgullo del fútbol de nuestra ciudad

Sí, lo sé, es el himno del Sevilla. Lo canta El Arrebato (!!). Y puede que sea bastante pedante. Pero sin ningún pudor les puedo asegurar que escuchar esto por 40.000 personas al mismo tiempo, mientras salen los jugadores al campo, todo iluminado, el césped más verde que cualquier verde, la grada más roja que cualquier rojo, pues, a uno se le pone la carne de gallina. Nota mental: sí o sí tengo que ir algún día al Camp Nou, a un partido de los buenos, con el estadio lleno.

Salimos del campo contentos (bueno, yo estaba contentillo, el Jose directamente me daba las gracias por haber hecho posible un día tan maravilloso). 0-3. Dos goles de Messi. El Madrid había palmado 3-1 contra el Getafe y yo había pasado una noche de sábado diferente. El Jose y yo nos despedimos con un sincero abrazo y acordamos que como muy tarde nos veríamos el día de la comida de Navidad en Huelva con los mutis.

Bien saben dios y Schopenhauer que no tó pué sé güeno, así el final de la jornada se resume en que Juanlu al final no vino a Sevilla, que tardé más de media hora en encontrar un taxi que me dejara de vuelta en mi coche, allí, en la calle Salados, cerca de la Plaza de Cuba, y que además, se puso a llover. Llegué a Jerez como a las dos de la mañana y me fui a dormir razonablemente tranquilo. Siempre me gustó saber que los domingos no hay que madrugar.

Y esto es lo que pasó el sábado. Al menos parte, se quedan cosas en el tintero, pero no quiero aburrirles.

Sean felices.